El influencer y el facilísmo tecnológico, la confusión de la última década


A la gente del mundo de la publicidad y el marketing no le gusta hablar de las métricas falsas porque es un tema muy masticado, sin embargo es un hecho que siguen funcionando para convencer a una buena cantidad de clientes y agencias de que alguien es influencer. Si este fuera un problema ya dominado y no fuera relevante, no existirían 95 millones de bots/cuentas falsas en Instagram… sí, una pequeña muestra. El medio está severamente contaminado, queramos o no verlo.

Habiendo establecido el contexto, quizá sería más interesante saber o entender que el origen del influencer actual está más emparentado con el facilismo tecnológico de esta última década, con el truco de magia para los targets ignorantes, sean estos, el consumidor final o la misma agencia que maneja una campaña.

¿Recuerda alguno de ustedes la primera vez que, digamos a los trece años, escuchó la pedalera de efectos de su amigo o vecino que acababa de comprar una guitarra eléctrica? Sí exacto, a esa edad te erizaba la piel escuchar un simple y común efecto sobre cualquier nota que saliera de la guitarra, sin importar mucho si tu amigo tenía alguna clase de talento. Todo mundo en la secundaria quería tener una banda de rock o metal que hiciera mucho ruido.

El mundo tiene más ruido que señal y a la gente le gusta comprar el ruido. A diferentes niveles, es cierto, pero al final, ruido. Como la botarga afuera del KFC vestido de pollo y una bocina con la música distorsionada a todo volumen.

Una gran parte del influencer actual, más allá del evidente hackeo de métricas, ha hackeado la percepción de la gente. Seguimos a alguien porque nos gusta cómo se viste, por su físico, porque nos recomienda una cámara o porque hace gags graciosos en video. Power to the people, cosas que todos con cierto mínimo aprendizaje (yo lo llamo facilismo) podemos impresionar o causar sensación entre los menos letrados. Básicamente un mundo donde el que se sabe tres letras del abecedario, puede venderse a una agencia que se sabe dos y al público final que sabe una o bien no sabe leer y reacciona a los colores y las formas.

Ese es el mundo del influencer actual, construido sobre seudo talentos, sobre un mundo de memes donde el gesto descalificador de una niña la convierte en estrella. No hay necesidad de profundizar en ello, para qué, eso requeriría letrados y el predominio es el del analfabeta digital, ese que se convence de que un nativo digital es un niño genio porque sabe operar el complejísimo iPad en donde sus creadores (Apple) se han esmerado en hacerlo tan fácil que lo pueda operar un bebé. No hay truco en ello, hicimos sublime lo fácil.

El medio parecería estar lleno entonces de gente muy impresionable, agencias de community managers que hacen diseño, de cinco personas sin formación estética, visual, narrativa ni nada que dijeron montemos una agencia, vendamos influencers… qué más da, siempre podremos decir que su trabajo les costó, como se los decía a ellos su mamá, cuando eran niños.

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